The Ghost Writer (basada en la novela de Robert Harris The Ghost que no he leído) es una película que pasó por las pantallas, según creo, sin pena ni gloria. Una especie de nueva versión de Frenético, Roman Polanski repitiéndose. Pero hay algo verdaderamente inquietante en El escritor (fantasma) que no tiene (o que no alcanzan) ninguna de las pocas películas que he visto de este director. La película, más o menos intrigante y entretenida según gustos, se desarrolla con la normalidad de “un thriller más” hasta la escena del BMW.
La historia es la del nuevo “ghost writer” (negro) del ex primer ministro de Reino Unido al que “todos votaron” Adam Lang (Tony Blair, claro). Su predecesor en el encargo, Mike McAra, murió en extrañas circunstancias mientras escribía las memorias de las que ahora debe hacerse cargo el protagonista (que no tiene nombre), encerrado con Lang y compañía en una mansión-refugio plantada en una remota isla estadounidense donde las luces de los faros (escenario paradigmático de las historias góticas de fantasmas) están siempre presentes. Lang (aunque nunca Blair) está siendo investigado por crímenes de guerra y, cuanto más se sabe sobre la muerte McAra y sus descubrimientos paralelos a la redacción de las memorias, peor huele el asunto (“Es como estar en Santa Elena con Napoleón”).
Pero volvamos al BMW. Siguiendo el fétido rastro de su propia investigación, el protagonista se ve “obligado” a utilizar el coche con el que McAra se movía por el lugar. En ese momento, una voz femenina anuncia la activación de BMW ConnectedDrive (el sistema de navegación GPS de la marca). Luego la película sigue el desarrollo normal de “un thriller más” hasta el final. Pero toda la magia (y esa es la palabra) de la cinta gira en torno a BMW ConnectedDrive.
En su tesis doctoral Constructos flatline. Materialismo gótico y teoría ficción cibernética, Mark Fisher se interesa por el "continuum anorgánico que atraviesa la distinción entre lo vivo y lo no-vivo": lo que cartografía como “la provincia del gótico”.
La seductora voz del BMW insiste, de manera insidiosa, en que el protagonista abandone su ruta y siga la que ella le indica. Él cede sin oponer demasiada resistencia. Lo hace con la maleabilidad de la comedia blanda: “Tú ganas”, le responde a la máquina.
Fisher, explicando a Baudrillard: “El miedo a la castración se ha invertido; los medios implícitamente “feminizan”, no al cortar al hombre, sino “penetrando sin resistencia””. Y seguidamente: “Es el terror de ser inundado, desbordado por lo que Jameson llama “flujo total” de la cultura cibernética hiperconectada”. Y, de nuevo, citando a Baudrillard: “Y se comprende por qué McLuhan veía en la era de los mass media electrónicos una era de la comunicación táctil. En este proceso estamos efectivamente más cerca del universo táctil que del visual, donde la distancia es mayor, y la reflexión, siempre posible. Lo táctil se vuelve parte de un “universo de la comunicación” contactual/táctico, cuya proximidad obscena ya no concede el espacio para la “respuesta” mientras ostensiblemente siempre la solicita”.
Podría decirse que el dedo del protagonista pulsando sin parar la pantalla del ordenador de abordo para que este se calle es su intento defensivo e inútil por no ser violado, es un exorcismo fracasado.
En esta disposición de las cosas reside lo “unheimlich” (ominoso) de The Ghost Writer, lo que la convierte en una película de terror gótico-ciberpunk. No hay hombres lobo, ni zombies, ni luces de neón o motos voladoras. Lo que hay es un itinerario virtual pregrabado en la memoria de un BMW X5 y que se empeña en ser recorrido. “El cuerpo sometido a semejante asalto no es en ningún sentido un organismo cerrado, sino un cuerpo capaz de mutación, de fusión con el capital y sus mercancías, un cuerpo gótico: un Cuerpo sin Órganos”.
Pronto descubrimos que ese camino en la CPU del coche es el que llevó a McAra a la tumba. Fisher, una vez más: “Según Weiner, lo que los hechizos mágicos tienen en común con el código es que el poder que cualquier usuario acumula al ejecutarlo depende de ceder el “control” a programas secuenciados, lo que puede tener un efecto muy diferente al que imagina o anticipa el usuario”.
Efectivamente, Mike McAra, en su empresa personal por saber más sobre los trapos sucios de Lang, programó ese itinerario en el BMW. Cedió su control a la computadora y después murió. Y ahora el protagonista, cede su control a la intención-código de McAra, el escritor fantasma. McAra, no vivo y no muerto, inscrito en el código. BMW ConnectedDrive no vivo y no muerto, anorgánico: una agencia-sin-sujeto. ¿Y el protagonista que pisa el acelerador y da las curvas pertinentes hasta el “ha llegado a su destino”? Como explica Fisher a propósito de Neuromante y citando nuevamente a Weiner: “Lo que se usa como elemento de una máquina es efectivamente parte de ella”. Cuando son usados en el agenciamiento-Wintermute, Molly, Case y Armitage son partes de Wintermute, devenires-de-Wintermute. Como ya hemos visto, la “unidad” relevante del análisis cibernético no es el organismo, sino el cuerpo spinozista, el cual no se define topológicamente (por sus límites extensivos), sino afectivamente: ¿qué es lo que puede un cuerpo?”.
Toda esta conexión, desconecta a El escritor de la familia del thriller y la conecta con películas como Rebeca de Hitchcock, pero también con Videodrome, con Juegos de guerra, con el sombrero mágico de Mickey Mouse o con la cabeza de Richard Nixon conservada en un tarro en la serie Futurama.
Al principio del film, un mandamás de la firma que editará las memorias del criminal ex primer ministro, reflexiona sobre que el escritor ha de ser inglés “para captar el tono”. Y es que The Ghost Writer no deja de ser una historia de fantasmas shakespeariana al estilo Hamlet.
