> LOBOS CON PIEL DE OVEJA BARBUDA

Al salir de la sala donde acababa de ver Una batalla tras otra solo me atreví a comentar con mis acompañantes que el final me había parecido un poco malo. Es muy difícil ser franco con la obra de un director al que admiras y que tiene una carrera casi impecable. Pareciera que el ídolo de uno está presente cuando señalamos una mácula en su trabajo.


Días después leí un artículo de Variety donde se comentaba que Bret Easton Ellis, autor de American Psycho, harto (supongo) del hype en torno la cinta de P. T. Anderson, se despachaba sin piedad contra la película. Cito: 


"No, no lo es [una película importante]. Realmente no ha captado la esencia del momento. No ha captado en absoluto lo que está sucediendo en Estados Unidos". 


Y:


“[La película es] una especie de reliquia rancia de la era posterior a Kamala Harris: esa cosa en torno a la cual todos se reúnen y fingen que es tan fantástica y tan grandiosa cuando en realidad no lo es, solo para dejar clara su postura… Hay una rancia liberalidad en esta película que ya se siente muy anticuada para octubre de 2025. Muy anticuada.”


A bote pronto es totalmente cierto. Yo no me atrevía a admitir que el final no era malo (de hecho es muy congruente con el resto del metraje); la película entera, más allá de genialidades narrativas como la persecución final en el desierto, es muy pobre en su concepción política. Y la política no es el background en este caso. Su gran pifia es hacerla tan central, tan evidente, tan presente en cada elección (ya desde la escritura): es propaganda progre y, por progre, abstracta.


¿Contra qué luchan los revolucionarios de la película? ¿Qué tipo de sociedad proponen? ¿Tienen un programa político? ¿O es solamente un manifiesto que lo único que manifiesta es la rabia infantil de no entender por qué el país se va a pique socialmente?


Leonardo DiCaprio es Pat Calhoun, miembro del “75 francés”, un grupo revolucionario de EE.UU. (una mezcla entre los Panteras Negras y… ¿los Panteras Rosas?). Todo es muy black power y las mujeres del grupo están muy empoderadas y todos tienen alias muy chulos para poder hacer explotar cosas. Entre esas mujeres Benetton está Mae West, interpretada por Alana Haim. En la vida real, Haim es miembro de la banda Haim, judía y públicamente neutral ante el genocidio isrealí contra el pueblo palestino. Por su parte, DiCaprio, públicamente preocupado por el cambio climático, es inversor de un hotel en construcción en Tel Aviv que, ojo, cumple “con los estándares del Consejo de Construcción Verde de EE.UU. para certificación LEED”.


No recuerdo que actriz dijo una vez algo así como: “Interpretaría a un nazi en una película antifascista, pero nunca a un antifascista en una película nazi”. Pero aquí la lógica es más fangosa. En el tipo de propaganda izquierdista estadounidense del siglo XXI que representa One battle after another, los cómplices del fascismo 2.0. pueden darse el gusto de interpretar a antifascistas. 


Quizá Easton Ellis tenga razón y la película “no ha captado en absoluto lo que está sucediendo en Estados Unidos”. Pero visto desde esta perspectiva meta en la que los nombres de los actores cuentan tanto como los de los personajes, creo que Una batalla tras otra capta -encapsula- en sí misma (y sin querer), lo que está ocurriendo en los USA.


Repitamos las preguntas de arriba: ¿contra qué luchan los revolucionarios de la película? ¿Qué tipo de sociedad proponen? ¿Tienen un programa político? ¿O es solamente un manifiesto que lo único que manifiesta es la rabia infantil de no entender por qué el país se va a pique socialmente? Dice Slavoj Žižek que estaría dispuesto a vender a su madre como esclava con tal de poder ver la segunda parte de V de Vendetta: él se pregunta qué pasaría al día siguiente de la revolución; y lo mismo cabría preguntarse de la historia que cuenta Thomas Anderson.


Pareciera que, lejos de abrazar la revolución social en el s. XXI, que creo que poco o nada tendría que ver con la de los barbudos cubanos, el cine estadounidense solo se atreve a ponerle dinamita en las manos a los reformistas contra los que escribía Rosa Luxemburg (y que fueron cómplices de su asesinato). 


Hace un par de días vi al fin Gladiator II. Nada tiene que envidiarle a Una batalla tras otra. El discurso final del protagonista ante las tropas romanas divididas es una arenga tan vacía como ese último capítulo de la película que nos ocupa en el que la hija del protagonista agarra la estafeta de su padre y, como si del personaje de Robin se tratase, sale a “hacer la revolución permanente”. “¿Vamos a atrevernos a traer el cambio?”, o algo así… 


Leía el otro día que, tras esta nueva acampada en la Puerta del Sol, con motivo de la crisis de vivienda, las ventas del Manifiesto Comunista se dispararon en España un 5000% (lo que puede que solamente signifique que se vendieron 5001 ejemplares). El libro es de 1848 y, en cierto sentido, muy epocal (no vale con hacer una traducción directa burgués = arrendador y proletario = arrendatario). ¿Nos está pasando lo mismo que a los estadounidenses? ¿Estamos recurriendo de forma reaccionaria e infantil a ese imaginario “revolucionario” porque ya no entendemos por dónde hace aguas el barco?


No sé, ya me cansé de disparar por hoy.